Aficiones

Estoy empeñado en saber cuál es la estética que hace que hombres y máquinas se entiendan. Esta tozudez me convida a una serie de aficiones en las que hay un denominador común: llegar al manantial de la estética y beber con ansias. Es posible rechazar lo que indican patrones y normativas, y escoger la libertad, aunque haya un riesgo, el riesgo de vivir, de alcanzar aquel objetivo que parecía inasumible. Y la vida se percibe, en consecuencia, bella e intensa.

La usabilidad de la informática depende de que las interfaces sean amistosas e intuitivas, y que lo sean con criterios objetivos. Pero esto no basta: conviene que el usuario las perciba realmente como amistosas e intuitivas. La clave de esta percepción meticulosa radica en el paisaje que ofrezca la pantalla del ordenador, en la estética, en la belleza de las líneas, en la suavidad de los sonidos y de las formas, en el sabor de lo que entra primero por los ojos. Así, el paisaje de la interfaz, la primera imagen que de sí misma brinda la informática, debe ser una invitación tentadora. Como las aficiones, que son invitaciones irresistibles.

Travesías y palabras

Disfruto como un niño de los paisajes naturales, del viento que teclea notas nuevas al pasar entre las hojas de los árboles, y entre las hojas caídas; disfruto al pasar de costado entre las líneas de la naturaleza. Que no son rectas sino curvas, e invitan a seguir el camino del propio hallazgo, que, aunque parezca el más difícil, no lo es: la montaña es un amigo que interpela, que pregunta, que quiere una respuesta antes del regreso. Soy senderista porque no puedo prescindir de una oportunidad para ver la vida de frente, y poder analizar el estilo de vida que llevo en la ciudad, y en la vida que quiero transmitir.

La búsqueda incesante de las fuentes de la vida me hace viajar, ahora más allá de la montaña. Quiero conocer el mensaje que transmite la belleza inmutable e inmortal de una catedral gótica, la música del habla foránea, la textura de la piel de aquí y de allá, la estética gastronómica. Quiero intercambiar experiencias bajo techos universales, y percibir, con la propia experiencia, el gusto amargo o dulce de la experiencia de los demás. Pero no todo es movimiento y dinamismo corporal en mi vida: hay mucho espacio para el movimiento inmóvil, para el dinamismo intelectual, para la lectura, el ensayo y la magia de las palabras, para descubrir cuánto de inabarcable tiene el conocimiento.

Sendero en un bosque
(fotografía: Peter Adams)Parada de fruta en un mercado al aire libre, en Estambul
(fotografía: Kristi J. Black)Escribiendo en un libro

Música en movimiento

Como amante de las bellas artes, soy un diletante heterogéneo y cosmopolita, y aquí también hay una búsqueda incesante como denominador común. La música, especialmente la contemporánea —cerebral y especulativa—, es una afición que me invita a aprender primero y mantener después una actitud receptiva para obtener de ella una recompensa; esta actitud receptiva —que se pone de manifiesto también durante cada acto docente— implica explorar paisajes musicales, observar colores instrumentales y dejarse trastocar por las disonancias, tensiones armónicas que la música actual tiende a no resolver.

Luciano Berio sugería que «querer explorar las estructuras musicales hace sentirse arquitecto». Y aprendió de Pierre Boulez que «la música no pretende expresar sentimientos, sino música»: estoy de acuerdo, pues podemos entender la Sinfonía «Pastoral» de Ludwig van Beethoven, pero no podemos traducir la experiencia musical sino a una referencia a la misma música. Otros compositores figuran en mis estanterías: Elliot Carter, Olivier Messiaen, Olga Neuwirth y Arnold Schönberg, por citar algunos; y otras músicas: el jazz moderno y la música de la India, de Oriente Medio, de Indonesia y del Norte de África.

Aunque estoy convencido de que los silencios son elocuentes, soy a la vez un compositor ocasional, vocacional, no venal. Y en este contexto de música como vehículo o herramienta necesaria, se inscribe mi afición por la danza contemporánea. Me gusta la expresión corporal como palabra impulsada por la música que se evidencia en un cuerpo en movimiento. Otra vez: el lenguaje de la estética, interpretar lo que se dice sin palabras. En ello destacan las expresiones coreográficas de claridad casi matemática de Anne Terese de Keersmaeker, y los trabajos de Cesc Gelabert, bailarín de sobria y extraordinaria elegancia.

Pierre Boulez dirige el Ensemble Intercontemporain
(fotografía: Bernard Bisson)Miya Masaoka toca el Koto MonsterCesc Gelabert dialoga con un vídeo en la coreografía Glimpse

Cruce de impresiones

La pintura, la escultura y la arquitectura han sabido hacerse sitio entre mis aficiones; y en segunda línea la fotografía, el videoarte y las instalaciones. Es la estética que busca nuevas formas para expresar la belleza y la comunicación sin palabras. Aunque con planteamientos diferentes, Frank Lloyd Wright y Le Corbusier ocupan espacios importantes en este mundo de estructuras arquitectónicas. Y August Macke, Paul Klee, Franz Marc y Wassily Kandinsky hacen lo suyo en el espacio de estructuras pictóricas. Pienso que la escultura del siglo XX intenta dar explicaciones en tres dimensiones a las cuestiones que plantea, en dos, la pintura. Y reconozco que me retiro cuando caigo vencido por otra pasión: la cocina. Además, tengo el valor de comparar aficiones; quiero combinar texturas y pinturas, los sabores con los colores. Al fin y al cabo, todo es sinfonía, todo deja con la boca abierta.

Casa Kaufmann, de Frank Lloyd WrightPintura abstracta 776-2, de Gerhard RichterSushi